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  Triatlón Esprint de Aritzaleku . María Gómez . 15-6-13 22-08-2017 11:15 (UTC)
   
 
TRIATLÓN ESPRINT DE ARITZALEKU . 15-06-2013 . POR MARÍA GÓMEZ . 


TRIATLÓN SPRINT DE ARITZALEKU 2013

7:00 de la mañana, una melodía daña mis oídos y abre mis ojos de madrugada. Un fastidio pensar que a las 9:00h da comienzo el triatlón sprint al que he venido a participar y es el principal motivo de encontrarme aquí, en Aritzaleku.

Creo que nunca he participado en un evento tan temprano, detesto madrugar. Gracias a que el sol, que ya empieza a calentar, puede hacerme engañar mi mente y no pensar en la hora que es realmente.

Lo primero, desayunar, tengo que hacer la digestión antes de las 9:00, después preparativos diversos que ya no me pillan por sorpresa y casi, se puede decir, que están impuestos por costumbre. Vestimenta adecuada,  preparación de indumentaria y arneses para las tres modalidades deportivas. Por un lado, el neopreno con la consecuente aceite, vaselina y polvos de talco, también el gorro, gafas y chanclas. Por otro lado, la bici que conlleva el casco, las zapatillas y las gomas para atarlas a la bici. Y por último, las zapatillas para salir corriendo, a veces lo haría en ese preciso momento ¡Por ganas no será! Bien, todo listo, ahora los dorsales. Mi número es el 211. El del cuerpo lo engancho con imperdibles a una goma que ya es, mi goma de competiciones. Coloco el del sillín, de esa manera que hemos descubierto para luego no tener problemas al despegarlo, número 212, ¡Joder, mecagüen la leche! Ya esta liada, me han dado los números equivocados. El número del gorro, el del guardarropa y el de la bici son un número más que el mío.

Son las 8:10, menos mal que tengo todo preparado y no se me olvida nada. Me piro a solucionar el incidente. Llego a la zona de transición y me dirijo a la primera persona que encuentro, una mujer que posteriormente remueve Roma con Santiago para encontrar a la chica que tiene mis números y yo los suyos. A las 8:30 ya está solucionado el pequeño problema, que todas las partes implicadas hemos sabido sobrellevarlo con una sonrisa y sin malestar alguno.

Paso a la zona de boxes sin ningún problema y saltándome una larga fila de hombres que estaban esperando para entrar. Yo ya en ese momento no veo a nadie, solo intuyo. Son momentos en que mis sentidos se cierran, mi mente deja de pensar y mis movimientos siguen un ritual. Mi mente se concentra, se prepara para no ver, no oír ni sentir. Soy un autómata, un robot, con un objetivo claro, preparar las cosas para hacer las transiciones lo más rápido posible y dirigirme hacia la zona de salida para ponerme el neopreno.

La zona de salida, el embarcadero del pantano. Me coloco el neopreno, para mi parecer no presenta tanta dificultad como dicen, me meto un poco en el agua, caliento un poco los brazos y lista para comenzar. Esta vez, sin nervios, ni angustia de ningún tipo.

Dan la salida a los chicos. Unos 200 gorros blancos salen chapuceando y van alejándose.

Nos reúnen a las chicas en la zona de salida, salimos cinco minutos más tarde que ellos, es un alivio, no quiero recibir golpes, eso dicen que es como una batalla campal, que yo hasta el momento no he tenido oportunidad de experimentar.

Me coloco en lo que me parece línea recta a la primera boya, detrás de la que creo ganadora, que ya está peleando con otra chica para coger el mejor puesto para salir.

El recorrido es muy sencillo, dos boyas a pasar por la izquierda para volver al inicio.

Tocan la bocina y patos al agua, comienzo con respiración agitada, me choco y me chocan por izquierda y por derecha, no veo los pies de la de adelante y la paso por encima, toco espaldas, piernas y pies, los cien primeros metros hasta que encuentro mi sitio, detrás de tres chicas y a mi derecha otra, que de vez en cuando parece que me embiste, no sé si se tuerce ella o me tuerzo yo. Saco la cabeza para intentar ir lo más recto hacia mi destino, la boya, pierdo tiempo y ritmo y decido no sacar más la cabeza de lo estrictamente necesario, decido seguir a las de adelante y quitarme de encima a esta chica que llevo a mi derecha. Saco la cabeza otra vez y ya veo la boya a 25 metros, bien, ya estoy en la primera, la cojo la última del grupo pero rozándola, ahora línea recta hacia la otra. Me descolgado un poco del grupo de cuatro y saco la cabeza, ¡Mierda! Un inconveniente con el que no contaba, un sol cegador brilla con fuerza justo encima de la boya e impide ver a una distancia de más de 10 metros. No veo la boya, no tengo ni idea de a dónde voy, lo tengo que intuir. Pero veo al grupo de chicas, nado más rápido para alcanzarlas y que ellas me lleven. Las cojo, saco la cabeza y veo que ellas también están con la cabeza afuera descolocadas, tampoco ven. Así que en este momento angustioso, lo único que se me ocurre es no volver a sacar la cabeza y nadar, nadar, nadar. Veo unos pies que van frenando, levanto la cabeza y veo que es un gorro blanco, es un chico en bañador. Esto me reconforta, he adelantado a un hombre. Sigo a mi grupo de cuatro, miro para adelante, no veo la boya, no quiero que me entre el pánico, procuro no pensar en ello y sigo nadando. Por fin, llego a la boya que ya pensaba no llegar nunca, este tramo se me ha hecho largo y angustioso, pero pasando esta boya, solo me queda dirigirme hacia la orilla. Voy con más ímpetu, velocidad y bienestar, adelanto a otro hombre y a dos chicas, una se desvía hacia la izquierda. Llego a la orilla, salgo del agua junto a unas chicas y llego con gente a la zona de transición. Parece que no lo he hecho tan mal.

La transición no se me hace ni larga ni corta, aunque noto la cuesta arriba, pero voy entretenida desabrochándome el neopreno; El belcro, la cremallera, saco los brazos dejándolo en la cintura, me quito el gorro y las gafas y corro sin muchas prisas.

Llego a mi bici, meto los geles en el bolsillo y me pongo el casco, bajo el neopreno, saco la pierna donde está el chip y la otra la otra pierna me lo quito pisándolo sin dificultad. Me pongo el dorsal en la cintura y cojo la bici. Ahí está Mariola, cagándose hasta en el inventor del neopreno, tirada en el suelo y haciendo la culebra para quitarse el neopreno, la 212 también, ha llegado más tarde ¡ahí os quedáis chicas!

En la señal que indica que puedes montar en la bici, salto sobre el sillín y meto los pies desnudos en las zapatillas, sin problema, pero de esa manera, sin calcetines, con alguna piedra, la lengüeta para Tudela, que me llega hasta el dedo gordo del pie, noto que hasta me ajustan las zapatillas que son dos números más del que uso. Una vez que he arrancado y me he lanzado mínimamente me pego el belcro y a pedalear. Desde este preciso momento comienzo a pasar gente que curiosamente no van en grupo. 

A la salida del pueblo, en el falso llano, me repongo, cojo ritmo, me tomo un gel, bebo agua y miro para adelante, mucha gente de paseo en bici. Me adelanta una chica, la dejo pasar, no tardaré mucho en dejarla atrás. Ahora estoy recuperándome y preparándome para la inminente subida. Me voy encontrando mejor y no paro de pasar a chicos, algunos con mtb.

Oigo sirenas, me pasa una ambulancia a toda velocidad, en un puentecillo estrecho justo antes del inicio de la cuesta.

Empieza la cuesta, veo a una chica que va delante que se levanta, eso me motiva, yo también me levanto y a por ella, no me cuesta cogerla y soltarla pero me estoy agotando, me siento, subo con el 27 con cadencia, como me aconsejan hacerlo, pero esta va decayendo, ¡uf! Me cuesta subir, pienso en la cuesta del duatlón de Galilea, si subí aquello puedo con todo, me levanto, sufro pero ya veo la cumbre, el último esfuerzo.

La más deseada cuesta abajo, bajo piñones y meto plato, agua, aire y a llenar pulmones sin dejar de pedalear ni un segundo. Enseguida paso a una chica que parece ir más despacio bajando que subiendo, en la siguiente curva a otra y en la siguiente a otra, parece que en cada curva gano minutos y no segundos. En una curva un chico indica con una andera roja que baje el ritmo, ¡Ya! ¡Antes me empotro contra él que frenar! Es la ambulancia y al parecer un accidentado. Ni lo pienso, ni lo veo, solo percibo de refilón una bicicleta. Pedalear no me sirve de nada, busco una posición aerodinámica, y avanzo rápido. Pero se acabó lo bueno, llega el llano, no me preocupa me siento descansada, motivada y con fuerza. Uso los acoples por segunda vez, estoy concienciada de que son 20 km y los tengo que hacer lo más rápido posible.

Llego al repecho que va paralelo a la autopista y veo a otra chica, la alcanzo al final, le cojo rueda pero no tengo paciencia para ir detrás, me voy. Después el recorrido es muy llano y voy acoplada sin ni siquiera dirigir mi vista al frente, el aire es de carita.

Llego al tramo más duro, empinado pero no muy largo y reconforta pensar que después de ese tramo de un kilómetro más o menos, ya está la bicicleta finiquitada. Comienzo a subirlo con cadencia y sin esfuerzo hasta la primera curva ¡joder! ¡no sé si voy a poder! Pero tengo a una chica delante de mí, a escasos 20 metros. Otra curva cerrada y se ve el final del puerto, allí veo a Emilio, inconfundible para mis ojos. Me levanto y me propongo realizar los últimos esfuerzos, ya no queda nada y tengo a una rival delante. Eso me indica Emilio, que me ve bien que tengo cerca a dos chicas y que las pase. Así lo hago por lo menos con la primera en cuanto me lo dice.

Llego al pueblo con otros tres chicos, bebo agua, me doy cuenta que apenas he probado el botellín y ahora me toca correr, he estado reprimiendo este pensamiento los diez últimos kilómetros, pero ahora ha llegado el momento. Bebo y comienzo a sacar los pies delas zapatillas, llego a la transición y me bajo de la bici como puedo. Encuentro mi sitio, coloco la bici, me pongo las zapas y el dorsal adelante y salgo corriendo.

Al iniciar la carrera, sé que voy despacio, mis cortos pasos son ritmo de trote cochinero, y noto mis brazos pegados al cuerpo y el encogimiento de hombros que señalan cansancio. Me duelen los omoplatos, me pesan los brazos, siento como si llevara una mochila cargada de piedras. No tengo buenas sensaciones y voy como puedo, haciendo que corro y pensando en terminar como sea.

Me ofrecen agua a la salida del pueblo, decido cogerla para ver si me recompongo y mi cuerpo reacciona, en una pequeña bajada aprovecho para descargar los brazos, moverlos, bajarlos y despegarlos del cuerpo. Llego a la carretera y veo a Emilio, va montado en la bici, me da indicaciones, me dice que llevo a una chica delante y a otra un poco más allá. Me dice que si depuro la técnica las cojo, que levante las rodillas, que realice mejor la pisada. Lo sé cielito, voy que no sé como avanzo, que no sé si corro o me arrastro, no sé si voy derecha o torcida y no sé por qué se mueven mis piernas. Tienes razón, como el 99% de las veces, sus indicaciones me animan, alargo un poco la zancada y subo un pelín las rodillas, noto una recuperación en mis piernas. Paso a una chica, ¡uf! Se me está haciendo larga la subida, pregunto a un chico cuanto queda para dar la vuelta, no me quiero desgastar mucho en la primera vuelta. Enseguida llegamos al cono y bajamos, ahí me indica Emilio que tengo dos chicas cerca, no tardo en recortarles tiempo y las adelanto. 

Última vuelta, me siento bien, voy ligera y ya sé el lugar donde se da la vuelta. Otra vez Emilio me indica, me acompaña con la bici mientras yo corro, me gusta, me anima, me ayuda y me encanta, me hace sentir bien. En ese momento me cruzo con la primera chica, ella ya baja y yo subo, después la segunda, la tercera y alguna más, pero no muchas. En la bajada, Emilio me vuelve a indicar que tengo dos chavalitas cerca, que era una lástima que el recorrido no sería más largo. Yo ante este comentario me río por dentro, querido amigo, no te imaginas como voy….je! En cuanto desaparece bajo un poco ritmo, remoloneando, y pienso ¡menos mal que ya termina esto, no puedo ni con los cojones! Pero eso él, parece que no lo sabe y yo no quiero defraudarle. Al final tampoco dejo que mi cuerpo vaguee tanto como me pide y realizo mis últimos esfuerzos, ya en la entrada a escasos 10 metros veo entrar a la chavalita junior que entra delante de mí.

El reloj marca 1h 34’ 07” aunque el tiempo real son 5 minutos menos. Estoy contenta, no lo he hecho nada mal y he entrado entre las diez primeras, esta vez sí, lo di todo, no podía mucho más.

Y sí, Emilio me ayudó. Acompañar dando ánimos e indicaciones motiva y anima. Por eso, cuando vi en las clasificaciones que el 211 había sido descalificado por ayuda externa, no protesté, al principio no comprendí, pero ahora sí.

 

Ninguno de los dos, sabíamos que esto no estaba permitido, y puede parecer a simple vista que no es una ayuda excesiva, pero sí lo es, yo iba feliz, disfrutando de la carrera a su lado, aunque sufriendo, esforzándome pero recompensándome. Y desde luego, esos momentos para mí, valen más que un no poco merecido octavo puesto.

FIN.
MARÍA GÓMEZ IJALBA






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